El pequeño contra el gigante

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Las luchas que hemos estado acostumbrados a ver son, raramente, proporcionales, en cuanto a “oponentes” se refiere. Un titánico banco contra un pequeño cliente. Un ciudadano de a pie contra un delincuente armado cual soldado en guerra mundial. Un pequeña reclamación de una factura de 4 € contra una compañía telefónica mundialmente reconocida. Una dispersa atmósfera de amor contra una demanda judicial de divorcio. Un sueldo paupérrimo de un empleado, contra el ingreso multimillonario de otro. Un gran impuesto para un pequeño sueldo. Luchas y contrastes; ese es nuestro día a día. Me gustaría saber qué sería de nosotros si a lo que tendríamos que enfrentarnos sería, como dicen, “de nuestro tamaño”. ¿Qué pasaría si yo, por ejemplo, tendría que luchar sólo con tomar decisiones sobre qué comida prepararé? O ¿cuál ropa debo usar? ¿Qué sería de mi y todos nosotros, si nuestras contiendas fueran siempre equiparadas a  nuestras capacidades? Respuesta: no seríamos capaces de saber hasta dónde podemos llegar. No tendríamos en absoluto la capacidad de pensar por algún momento que hay Alguien que quiere que le pidamos ayuda y sobre todo, confiemos en que Él lo hará.
Hoy he recibido una noticia que me ha descompuesto por algunos minutos; confieso que incluso he pensado ¿por qué es tan difícil? No han pasado diez minutos desde que pensé eso, y gracias a Dios, que me recordó una historia que definitivamente me ha hecho sentir mejor. Si quieres saber cuál es, sigue leyendo.
David, quien fuera en su momento el aguerrido Rey de Israel, por un momento se sintió así como nos sentimos muchas veces. No le llegó una demanda de divorcio, ni le dijeron que la factura de agua salió más cara; ni siquiera le dijeron que habían atracado a un familiar. Él, siendo apenas un muchacho menudito, se tuvo que enfrentar a un problema de grandes proporciones, literalmente. Debía pelear con Goliat, el gigante filisteo que quería destruir y esclavizar a los israelitas. Cuando digo gigante, me refiero al mero significado de la palabra. Medía 2,9 metros de alto, su traje pesaba 57 kg y su lanza 6,9 kg más, tenía que ser bastante fuerte para soportar todo ese peso. Según algunas referencias, David podía rondar los 1,60 metros. Una lucha bastante desproporcional. ¿Habrá sentido David temor? Sí. ¿Sintió David pánico, preocupación por lo que podía hacerle Goliat? Seguramente, total, era un humano como nosotros. Pero la ‘mágica’ clave que permitió que David saliera al frente de esta batalla victorioso, es que no negó la existencia del gigante, ni del problema, si no que a pesar de saberse inferior en fuerzas a Goliat, supo que no era él quien tenía que vencerlo si no que debía depender de Aquel que sí puede reparar cualquier circunstancia adversa que se le presente a aquellos que le aman. Así es: confió en Dios, en su omnipotencia y bondad. He aquí las palabras de David cuando con ímpetu dirigía su paso a Goliat, honda y piedra en mano: Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo a ti en el nombre del SEÑOR de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has desafiado.
Tal cual, “a quien tú has desafiado”. Me impresionan mucho esas palabras. Dios se toma tus batallas como suyas, y está dispuesto a defenderte con los dientes si es necesario, siempre que tú quieras que Él lo haga. Esto no es fácil, no es como pelar una mandarina y ya está. Pero, ¡qué bien es confiar en Dios! Ahora mismo no dejo de sentir esa pequeña basurita en el ánimo por la noticia que me han dado hace casi 20 minutos, pero tengo la certeza que de esta lucha saldré más que vencedora.
Tati

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Sobre mi

Mi nombre es  Tatiana, madre millennial de un niño de generación aún desconocida, y futura mamá de su hermanito menor. Comparto mi punto de vista de la maternidad, la vida y algunas historias cuando me viene la inspiración. Puedes encontrarme en Instagram como @TatiLuis. 

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